Entre las
sombras del callejón, su taconeo se te clava en la carne como agujas. En
seguida, tu cuchillo le devuelve el trato, brilla en la oscuridad como ráfagas
de jazz. Cuando todo acaba, te agachas para lamer una a una sus heridas. Su
sangre sabe a un azul intenso. No te extraña, te lo dice la experiencia: cuanto
más puta, más princesa.
El hombre abanderado
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En la vieja Europa (¿cuál será la nueva?), es tradición que se identifique
a la derecha conservadora con el color azul y a la izquierda progresista
con el...
Hace 15 años