
Tanto la he llegado a querer que, cuando recibí el dinero del rescate, me eché a llorar. Tras liberarla, me he mudado al zulo, donde todo me recuerda a ella: el jergón que aún conserva su olor, el de sus orines, los arañazos ensangrentados en la trampilla, la bombilla rota con la que intentara una vez (qué ingeniosa) cortarse las muñecas. Por Navidad, le enviaré una tarjeta, no está bien perder así el contacto.
5 comentarios:
¡Excelente! Me pierde el humor negro, Sergio.
¡Guau!
Hace un tiempo leí la narración verídica de una chica secuestrada en en un pais que no era el suyo por tratantes de blancas. El apropiador se enamoré de ella y luego de un tiempo la regresó a su hogar.
Buena, muy buena la mini.
Besos.
Este texto es un duro contrincante de mis minis de secuestros. Suerte.
Hace meses venía a visitar este blog me alegra que se reactive.
Saludos
Verónica, habrás comprobado que a mí también, ja.
Anónimo: ¡miau!
Mi reyna, eso es como los que matan a su mujeres y luego se suicidan. Ya podrían suicidarse antes de matarlas.
Doc, Marina tiene la culpa, así que gracias a ti también por todos estos años de contribuir a hacer grande Ficticia.
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