Era un día de cielo aplomado. En el cementerio, el silencio cargaba las espaldas, solo quebrado por el rezo monótono del sacerdote. La niña aguardó a que los operarios bajaran el féretro al fondo de la fosa, mientras la lluvia empezaba a caer pesadamente. La trabajadora social le soltó la mano para abrir el paraguas, momento que aprovechó para acercarse al borde del hoyo. Una lágrima brotó mansa para irse a diluir entre las gotas dulces que caían sobre su rostro. Mantuvo el brazo extendido unos segundos sobre el agujero, contemplando la belleza simple de aquella flor entre sus pequeños dedos. La dejó caer, se dio la vuelta, buscó de nuevo la mano de aquella extraña y le pidió que se fueran. El dolor sordo que oprimía su pecho cedió un poco, mientras se alejaba pensando en cuánto odiaba su mamá las flores.
El hombre abanderado
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En la vieja Europa (¿cuál será la nueva?), es tradición que se identifique
a la derecha conservadora con el color azul y a la izquierda progresista
con el...
Hace 15 años
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