Mostrando entradas con la etiqueta Prosa brevética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa brevética. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de junio de 2008

Amada


Te hacía de diez o doce gestos cada día. Aquí dentro te cambiaba en forma, te derribaba y construía con velos de color y falsos negros. Clavaba mis uñas en tu barro y tornabas aire que ríe, ritornelo ya escuchado que enmarcaba los modos en que te pensaba, en que soñaba que fueses. Forjaba tu no existiendo de retazos vivos en lienzos imperfectos. De diez, de doce a veces, desconocidas incompletas. Eras la ceja elevada tomando a sorbos el café que quema, la arruga alegre del ojo que sonreía a alguien que no era yo, que no quise nunca ser yo. Reinventaba tu figura en seda y se me hacía áspero el intento. Decía hacerte algodón y me recordabas que hay las nubes. Rebelde. Huidiza. Siempre un paso por delante y no te hallaba. Lo sabías y te divertía.

Más de una vez, mucho más de muchas veces te acuchillé desesperado, volatilicé mis anhelos en virutas diminutas con la esperanza de destruirte y poder no buscarte. Y entonces iba por las calles mirando el cielo por no ver a ras de suelo, con miedo de empezar a dibujarte de nuevo, aterrado de encontrarte inacabada en otro gesto fugaz.

Ahora ya no me perturbas, maldita amada. Sé que tu esencia es el sueño, no te quiero real, detestaría el tocarte. Eres completa al fin, humo y viento.

viernes, 25 de abril de 2008

Paradoja de la risa y el llanto


Caen pétalos y gotas sobre el patio de frías losas insensibles. Mientras, mi corazón, reseco.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Carta de Miguel Hernández a Josefina


Amor amado, amada:

Aquí en el Ebro los grillos cantan a la luna y a las balas fugaces, y me tarda ya el devorarnos. Sueño a mi morena de moreno todo, y al niño de mi niña y mío que redondea tu vientre. La lucha no durará, o esta guerra al menos. Y vencedor o vencido, muerto o vivo, volveré para hundirme en tu regazo de mujer madre esposa. Querrán quitarme la vida y puede que maten mi cuerpo; pero aun así perderán, pues mi vida está contigo y en el que contigo vive. Si me quieres escribir, si te dicen que caí... ya sabes mi paradero.


(Humilde y escaso homenaje a uno de los más grandes poetas españoles)

jueves, 20 de marzo de 2008

Sin

'Zona de Preconsciente' Israel Zzepda
Viven en el algodón arrebolado del alba, en el reflejo sutil de una gota de rocío. Se les oye jugar entre los remolinos de una brisa fugitiva o en el crepitar primero de la leña verde en el hogar. Desahuciados, sin dueño, sin recuerdo. Son los sueños de los niños muertos. Aquellos que ya nadie soñará.

jueves, 28 de febrero de 2008

Amada

'Mujer mirando a la luna' Sandra Pérez
Te hacía de diez o doce gestos cada día. Aquí dentro te cambiaba en forma, te derribaba y construía con velos de color y falsos negros. Clavaba mis uñas en tu barro y tornabas aire que ríe, ritornelo ya escuchado que enmarcaba los modos en que te pensaba, en que soñaba que fueses. Forjaba tu no existiendo de retazos vivos en lienzos imperfectos. De diez, de doce a veces, desconocidas incompletas. Eras la ceja elevada tomando a sorbos el café que quema, la arruga alegre del ojo que sonreía a alguien que no era yo, que no quise nunca ser yo. Reinventaba tu figura en seda y se me hacía áspero el intento. Decía hacerte algodón y me recordabas que hay las nubes. Rebelde. Huidiza. Siempre un paso por delante y no te hallaba. Lo sabías y te divertía.

Más de una vez, mucho más de muchas veces te acuchillé desesperado, volatilicé mis anhelos en virutas diminutas con la esperanza de destruirte y poder no buscarte. Y entonces iba por las calles mirando el cielo por no ver a ras de suelo, con miedo de empezar a dibujarte de nuevo, aterrado de encontrarte inacabada en otro gesto fugaz.

Ahora ya no me perturbas, maldita amada. Sé que tu esencia es el sueño, no te quiero real, detestaría el tocarte. Eres completa al fin, humo y viento.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Ciclos



Del llanto amargo al lloro ledo, de la inquina al amor. Salto... Boto y reboto. No acabo en tejer cadarzo huidizo y desmadejo. Sin brújula, sin cadencia, a compás quebrado. Achico la piel y me reduzco. Olvido achicar también mis órganos: exploto. Como uva en prensa, rompo hollejo, me hago lirio y amapola.

Aire: eludo el cerco y me elevo
Nube: me sosiego
Agua: resbalo y caigo
Tierra: me entierro



Carrusel de emociones sincopado que pasa de anhelo a insidia, y de insidia a alboroto, y de alboroto a dolor.

Abajo: arriba es ignorancia
Arriba: abajo es demorarse



Una chispa enciende el negro en mil colores y me dejo llevar en el remolino irisado.

Paladeo la pasión y la vida


En el ímpetu del giro surge el blanco: níveo hasta que duele. Cierro entonces los ojos lacerados y el negro vuelve.

Paladeo el rencor y la muerte


Recorro la bobina vital, adaptando el espíritu al tempo variable, al compás truncado de esta sinfonía acarpa y profana. Y a cada golpe de biela, voy guardando el impasse en la memoria, pues de estas suspensiones disonantes que alteran el sentido del trayecto emocional, substancia el hombre sus recuerdos. Con cada ciclo, el tiempo estoico teje un círculo mayor: mi existencia. Y aguarda paciente, sabedor de que llegará el día en que, con precisión virtuosa, hará ritornelo entre el vagido primitivo y el estertor final.

Círculo cerrado. Así sea

miércoles, 30 de enero de 2008

La lluvia en la piedra


¿Fui yo, tú o los dos? Para la soberbia de cada cual queda quién tejió la hiedra, quién levantó la distancia como espejos espaldados. Lo que fue amor quiso luego ser odio, tal vez como última tentativa de avivar el brasero de un sentimiento mutuo. No pudo funcionar. Ahora sabemos que el odio es de materia inútil, su destino es la ceniza abandonada al viento-tiempo. Por mi parte, voy a aceptar la derrota. Tomaré el último jirón de respeto hacia ti, hacia nosotros, y bajaré el telón, estoy cansado de este entierro inacabable, de solapar el tañido funerario con el frustrado estertor de la esperanza. Si la rosa pierde sus pétalos, le quedan las espinas. Pero si las espinas caen también, ¿qué queda? Sólo el camino de la podredumbre, el conformista humus de la muerte. Queda la lluvia sobre la piedra apática.

Me voy ya. Tras esa puerta habrá un sendero. Poco hay para meter en la maleta, así que andar será más sencillo. He reservado un bolsillo para llevar los recuerdos que me invente de que fuimos felices. Adiós, mujer, no olvides olvidarme o falsearme. Es la forma. El resto, déjaselo a los perros. Ya los solté.

jueves, 17 de enero de 2008

El faro de mis naufragios


Has de ser tú quien, en días como este, recoja mi cadáver, tú quien reúna mis jirones decadentes y los cosa, apenas lo suficiente para convertir en aceptable la posibilidad de mi existencia. Sólo para este loco, acercas a mi oreja tu bálsamo de Fierabrás, tu voz, la ondulante palabra que como magia fabricas con la parte más paciente de tu lengua y tus pulmones. Me cuentas que todo está bien, que el sol no deja de existir porque anochezca, que hoy has escuchado cantar en los jardines de tu casa a un ruiseñor. Que era hermoso su canto, como amapolas de aire.

Poco a poco, me traes de vuelta al mundo, mi cabeza vencida a tu regazo y a la pluma de tu mano, que acaricia. Con la tenue languidez de un niño enfermo, dejo que mis lágrimas se evaporen al calor de tus muslos. En tu voz empiezo a sentir al ruiseñor y trato entonces de creerte. El sol no deja de existir, el sol no deja de existir. No. El sol. Mi sol. No me dejes, no me dejes nunca, mi sol. Tú no puedes saber.

A veces, son tan tenaces las sombras…

domingo, 13 de enero de 2008

La espera


Dejado atrás el tiempo de lirios y azaleas, este jardín de malvas se me ha ido descuidando. Ni apetece la congoja del llanto. Es cansino.


Arrastro el túmulo de mi cuerpo mientras las hojas del calendario vienen a posarse, broza seca. Soy un árbol muriente, un espantapájaros de corazón pajizo. Las horas negras han llegado con su sombra torcida.


Atrás el tiempo. Dejado. Atrás porque duele, doler es vivir y yo no... Quizá hoy la campana doble para mí, ladre el perro ahuecando el aire. Sí, el feliz estertor en que se acabe este engaño de mi aliento patibulario.

Dios, cuánta quietud… Llegue el viento a este nido de cuervos, el soplo que con levedad eficiente libere mis cenizas de su inconsistente equilibrio. Quedar al fin atrás como aquel tiempo de lirios y azaleas, como todos los tiempos que aprenden a preñarse de pasado.


Todo queda atrás. Esa es mi certeza y mi esperanza.

jueves, 10 de enero de 2008

Algoritmo sexual



Claudicaré una vez más al árbol de tu ciencia femenina: química de tus fragancias, física de tus relieves. Con un interés perezoso, calcularé trigonométrico el arco voluble de tus senos, después de trazar, con un cartabón de besos, una línea de tierra por la mediana de tu espalda.

Cada parpadeo, abatirá el plano irreal de tu mirada y será ahí, inexactamente ahí, donde mi resistencia tienda a cero. Inversamente proporcional, la regla de tres de tu ropa y mis latidos confirmará la teoría del deseo y, en corolario, el tiempo volverá a ser relativo en tu presencia. Luego, sin acertar con la fórmula que evalúe la variable de tus temblores a mi tacto, constataré el régimen turbulento de tu aliento y el mío a la distancia micrométrica de unos labios que se presienten.

Y si, por descuidada hipótesis, mi mano llega a bajar en busca del vértice de tu pubis, si tus muslos aceptan descubrir la incógnita y comienzan a girar en el eje del placer, concluiré como solución irrebatible que, en las matemáticas de la piel, dos puede ser igual a uno. Y que el infinito está a nuestro alcance.


martes, 8 de enero de 2008

A contraluz



Hay peligro al observarte en momentos como este, cuando miras horizontes olvidada del mundo. Hay peligro, digo, por romper el embrujo de tu ausente presencia en la ventana que atardece.

La taza. Abandonada al hueco de tus manos, abandonada tú al rito de la huida mientras los cobres del ocaso te dibujan. Con el pelo y el alma recogidos, tu mente cabalga praderas que a veces juego a imaginar. Y tu mente cabalga. Y yo imagino.

Dibuja tu boca una sonrisa que no sonríe por mostrarse, hecha de pensamientos, sólo de eso, de praderas que imagino que cabalgas, y qué hermosas. Ahora una sombra, una que no viene de afuera, sino que ha nacido de dentro de tu piel y pasea por tu cara. Imagino de esa sombra aguaceros, cantos de lobo, naufragios y cristales rotos sobre la piedra. O tal vez, quién sabe, sólo la vida, que a veces duele. Cuando la tristeza, ineludiblemente, se aposenta en la nostalgia, llega un suspiro. Luego un trago al café ya casi frío que te hace arrugar la nariz y apretar los labios sólo un segundo. Y en ese segundo de carita de gata aprendo una vez más a amarte.

Al final, cuando tu silueta acepta diluirse entre las primeras sombras y poco a poco te pierdo, y ya no eres más que el movimiento pausado de tu pecho, el mínimo balanceo de tus hombros, la curva de tu espalda como primer trazo sobre un lienzo anochecido, al final me acerco. Quizá con el temor de que, si no lo hago, desaparezcas. Hacia praderas que no pueda imaginar.